
Después de cuatro obras muy expuestas a las miradas de crítica y público (sus primeros trabajos parece que han desaparecido enterrados por el éxito posterior) M. Night Shyamalan es un director bien conocido por una audiencia mayoritaria que, aunque no sepa su nombre, sabe que va a ver una película misteriosa con sorpresa final cuando oye aquello de ‘del director de El Sexto Sentido’.
Shyamalan juega con estas expectativas en El Bosque, pero la ya tradicional sorpresa es un mcguffin tan accesorio que es intuible pasada media hora de proyección. Desde El Sexto Sentido (ahí sí que no me esperaba el ‘shock’ final, que tiempos aquellos) muchos hemos aprendido, condicionadamente como perros de pavlov, a desconfiar de Shyamalan y sobre la verdadera dirección a donde nos llevan sus filmes. Inocencia perdida que se dice.
Pero el director no oculta tan intrincadamente la sorpresa en El Bosque, no le importa que se descubra antes porque la obra no gira entorno a ella; incluso va dejando pistas y evidencias continuamente. Uno tiene esa dispersa sensación de mentira, impostura; con esos trajes impolutos y esa manera de hablar. ¿En el siglo XIX se actuaba así, con un grado de superstición casi medieval? No es que sean Amish, son algo todavía más arcaico, anterior a la religión organizada incluso.

Al descubrirse la sorpresa, que no es final si no varios minutos anterior al Fin, es inevitable sentir una pequeña caída en la tensión del filme. El misterio sobre el bosque ha desaparecido y una vez que se rompe el hechizo sentimos un vacío. Cuando de niño te cuentan un cuento de terror sientes miedo pero también excitación. Cuando creces y rasgas el velo de la ignorancia, tienes más conocimiento del mundo pero has perdido algo de ese gusanillo evocador del misterio. Estas por encima de él. El plano posterior del encuentro de la ciega Ivy en la carretera, cuando volvemos al poblado, es concluyente. Vemos al consejo del pueblo desde arriba, con la cámara en un picado a la manera de Hitchcock y las gaviotas sobre Bodega Bay en Los Pájaros. Lo sabemos. Ese pueblo rodeado de un bosque es una impostura de cartón piedra.
A partir de ahí la película ya no es un cuento de niños sino que pasa a un nivel más adulto (aunque algunos desprecien su tono ‘twilight zone’ con mensaje moralizante). Con el misterio principal ya desvelado, esa prolongación es algo anticlimática, pero en ese momento es cuando descubrimos que el miedo no desaparece, que Ivy conserva los rasgos de su superstición incluso después de saber que es falsa. Y eso sucede porque la superstición forma parte de nuestro lado más primitivo y nunca llega a desaparecer, solo se sublima y se supera con la ayuda que te da el vivir en una sociedad abierta como la nuestra. Pero el problema es que hay fuerzas en la sociedad actual que no quieren que ésta sea tan abierta.
Walker, que es el nombre de la reserva, es el apellido de Ivy, y por tanto el de su padre, y por tanto el de su abuelo, que era multimillonario y al morir cedió todo el dinero a su hijo (William Hurt). Éste lo empleó para comprar esa reserva y asegurarse de que no sobrevolaran aviones en su espacio aéreo y que allí no entrara nadie, contratando para ello seguridad privada. El fin era poder vivir una utopía decimonónica libre de violencia, complicaciones e influencias exteriores (no es baladí el hecho de que todos los habitantes sean de una misma etnia). En definitiva, un ghetto de ricos para desentenderse del mundo.
Para el personaje interpretado por William Hurt lo importante es preservar la inocencia, lo demás es accesorio. Y después de todo, a William ‘Walker’ Hurt le sale la jugada bien al enviar a su hija ciega en una misión al exterior. Pero ¿Le mandó para contentarla o en realidad es tan cínico que la envía porque es ciega y el secreto puede mantenerse a salvo? A la preservación de la inocencia se une la seguridad. Y esa seguridad se mantiene con miedo. (Aún así la caja de los truenos se abre por los celos de un retrasado; después de unos 25 años de paz se termina por a resquebrajar la armonía).
El consejo de la aldea ha decidido vivir de ese modo cerrado y nosotros estamos capacitados, después de ver la película, de decidir si estamos o no de acuerdo con ellos, dado que Shyamalan no se posiciona activamente en su modo de dirigir. Un reaccionario verá bien lo que el consejo hace porque se preserva la inocencia y los niños crecen llenos de buenos sentimientos y autenticidad, sin cinismo y en un entorno seguro. En mi opinión el pueblo paga un precio demasiado alto por ello ya que mueren la inteligencia y la curiosidad y prevalece el miedo y la indolencia. Personalmente creo que ese pueblo es un infierno y que el consejo está errado en una forma de actuar déspota, que mantiene en la ignorancia a sus hijos en aras de una seguridad ilusoria que se basa en la represión.
Shyamalan simpatiza con los ideales de inocencia y conservadurismo que predica William Hurt pero también muestra las consecuencias verdaderamente aterradoras del despotismo de sus actos. Ofrece las dos caras de la moneda. Y a pesar de que M. Night Shyamalan es un declarado conservador creo que su película es un toque de atención al rumbo que está tomando su país bajo el Gobierno Bush. Su crítica a la política del miedo de George Walker Bush y sus halcones está ahí, y pienso que puesta conscientemente. Aún así Shyamalan es demasiado listo para que su obra se interprete de una forma unívoca y la película está abierta a una y mil lecturas sutilmente diferentes de acuerdo al subjetivismo de cada espectador.

Sobre el futuro de ese pueblo. Quiero creer que Ivy, una vez haya salvado a su amado, iniciará junto a él un cambio de actitud que acabará con la mentira del consejo (las luchas generacionales entre padres e hijos son muchas veces la chispa de las revoluciones). Ese es mi deseo y así veo esta película. Pero el caso es que el filme y su final están abiertos a múltiples interpretaciones, y algunas bastante desasosegantes.